• En Estados Unidos crece una generación de mujeres ultraconservadoras que promueve que las mujeres limiten voluntariamente su participación política. La pregunta que surge es evidente. ¿Por qué algunas mujeres defienden restringir su propio derecho a decidir sobre lo público?

No hablan desde afuera del feminismo, sino desde dentro de la conversación pública, con millones de seguidoras y un discurso que conecta con la machósfera y con movimientos que defienden roles diferenciados para mujeres y hombres.

Conservadurismo de género con voz de mujer

Durante décadas, el conservadurismo de género se expresó principalmente a través de voces masculinas. Lo nuevo de este fenómeno es que hoy tiene caras femeninas, cercanas, aspiracionales. Mujeres que muestran una vida doméstica idealizada, con roles claros y una promesa de estabilidad emocional y económica a cambio de renunciar a la autonomía.

Este fenómeno no se puede leer únicamente como manipulación externa o ingenuidad. Detrás de la narrativa hay una oferta concreta: certeza en un mundo que se percibe incierto, y un lugar definido frente a la sobrecarga que implica ser “súper mujer”. Aquella que compatibiliza el trabajo remunerado, la crianza y el trabajo doméstico al mismo tiempo. La autonomía sin redes de apoyo se vive, para muchas mujeres, como una carga más que como una libertad.

Por qué este fenómeno también nos interpela en Chile

Aunque el fenómeno tiene un origen y una escala particular en Estados Unidos, la tensión de fondo no es exclusiva de ese país. En Chile, la falta de corresponsabilidad en el cuidado y la ausencia de políticas como la Sala Cuna Universal generan el mismo terreno fértil: cuando la autonomía económica y laboral no viene acompañada de una red de cuidados real, se vuelve agotadora. 

Es ahí donde encuentra espacio cualquier discurso que promete simplificar la vida a cambio de renunciar a derechos conquistados. Por eso, la pregunta no debería ser solo qué está pasando en Estados Unidos, sino qué estamos dejando de resolver como sociedad y hace atractivo un discurso como ese.

Un desafío que no se resuelve con descalificación

Un error frecuente es tratar a estas mujeres como víctimas, engañadas o traidoras a una causa común. Esa mirada invalida su agencia y refuerza precisamente la idea que ellas mismas plantean: que el feminismo institucional no las escucha ni entiende en sus dilemas cotidianos.

La respuesta más efectiva no es solo denunciar el fenómeno, sino nombrar sus causas estructurales. Mientras el trabajo de cuidados siga recayendo mayoritariamente en las mujeres, sin corresponsabilidad del Estado, las empresas y los hombres, seguirá existiendo un espacio para narrativas que ofrecen alivio a cambio de menos derechos.

La tarea pendiente

Este fenómeno es un recordatorio de que la igualdad de género no se sostiene sólo con marcos normativos o representación política. Se sostiene también con condiciones materiales concretas: cuidado compartido, autonomía económica real y espacios de liderazgo que no impliquen agotamiento.

Cuando esas condiciones faltan, la conversación sobre derechos se vuelve abstracta, y el terreno queda abierto para quienes prometen una salida más simple, aunque implique retroceder.

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